El tigre no bala es uno de los libros de Félix Acosta Fitipaldi.
La sinopsis del libro es la siguiente:
El Bar “El tigre sarnoso” es una suerte de mercado de sexo de los suburbios portuarios, lugar donde había llegado para distraerme. Necesitaba con desesperación olvidar un desastre amoroso que me había pasado por encima cual tren expreso y buscaba los primeros auxilios de las malas compañías.
Entre penumbras, un atento barman que ofrecía estupefacientes como si fuesen aspirinas me presentó, antes de desaparecer dejándome con el fardo, a un tal Inspector Yáñez, Jefe de Asuntos Internos de la policía estatal. La situación me pareció cosa de locos, dudé entre preguntarle al oficial qué tipo de anfetaminas consumía o si había realizado muchos arrestos la última semana.
El sujeto cargaba más de un par de copas, y aunque parecía perdido en una nebulosa cósmica me miró como taladrando mis ojos al mismo tiempo que extendía la mano para saludarme. Entonces fue que dijo: –En Zacapu, México, hay una calle llamada Félix Acosta.
Sonreí sin prestar mayor atención a sus dichos, no era esa la compañía que buscaba y había comenzado a cantar una morocha muy atractiva llamada Bebé. Por ella advertí que habría sido vano contestar o inquirir sobre lo comentado por el sujeto, quien fascinado por los melosos balbuceos de la exuberante intérprete parecía haber caído en trance hipnótico.
Recién al otro día, regresando de la resaca, recordé lo dicho por ese tal Yáñez sobre Zacapu y lamenté no haberle preguntado algún otro detalle, siendo que entonces tuve oportunidad de hacerlo… al menos cuando bebimos juntos mientras la rubia que se acercó me engatusaba para acostarme.
Apenas ese fue el contacto que tuve en la oportunidad con el mencionado sujeto, y pasarían varios años antes que supiera algo más sobre su persona. Esto ocurrió de manera intempestiva cuando una joven muy bonita, de ajustada falda rosa y campera de cuero negra, se me acercó diciendo llamarse Soledad Yáñez Ruyere y era hija del Inspector Yáñez. El tono de sus palabras y la expresión de su rostro parecían dar por descontado que yo debía saber a quien se refería.
No logró que yo lo recordara, pero de todos modos me dejó ese libro: “El tigre no bala”, asegurando que a los relatos que lo conforman yo los podría hacer pasar como lo mejor que hube escrito alguna vez. ¡Vaya tupé el de la jovencita! Al menos luego de leerlos pude quitarme la duda a propósito de cierta calle de Zacapu.